Es fundamental mostrarse educado —con respeto y decoro— allá donde vayas, digas o escribas. Ser un chico formal te abre puertas —decía mi abuelita Paca—. O así era antes. Llamar de usted a las personas mayores, ceder el paso, el asiento, la palabra y el privilegio de la razón al otro —mientras debatimos con argumentos la postura contraria— permite enriquecer el propio pensamiento. Pero me da a mí que estos son valores en desuso. La militancia dogmática elimina cualquier posibilidad de empatizar con el otro. Ser del Madrid —o del Barça— agnóstico —o católico— del PSOE, Podemos, Cs o PP determina nuestro comportamiento hacia los demás, especialmente si son del ‘bando contrario’. Cuando eso pasa ya no se atiende a razones y solo se ve la pajita en el ojo ajeno y nunca la viga en el propio.
En estos tiempos de ‘buenrollismo’ del discurso político es necesario volver a la verdad del pensamiento sin rodeos, centrar el mensaje y hablar claro
La vida pública nos lleva a moderar o exaltar las opiniones. Los pensamientos ‘políticamente correctos’ se pueden compartir sin reparo. Pero si uno tiene opiniones discrepantes —con la corriente de moda— parece más aconsejable guardarla para sí mismo. Si no compartes la buena sintonía de los okupas, el aborto libre, la inmigración ilegal o la valencianización de las aulas y defiendes la regulación de las ayudas públicas, la centralización de determinados servicios y la unidad de España sin diferencias entre territorios; entonces más vale que te calles si no quieres ser ‘clasificado’ y vilipendiado en las redes sociales por los que dictan las normas de conducta modernas. No hay debate. En estos temas, o estás con ellos o eres non grato. Es más, me atrevo a decir que la mayoría de las personas tampoco han madurado una opinión razonada sobre estas cuestiones. No hay debate reflexivo. No se escucha al otro. Quienes depositaron su esperanza en el tándem Sánchez-Iglesias no dan tregua a quienes creemos que el debate es cuestión de escuchar al otro. Su mensaje dogmático ha impregnado todo su pensamiento y ya no atienden a razones. En estos tiempos de ‘buenrollismo’ del discurso político es necesario volver a la verdad del pensamiento sin rodeos, centrar el mensaje y hablar claro
Despreciar al sistema judicial, criminalizar al PP, deslegitimar a los periodistas o desoír a los autóctonos —para favorecer a los que divulgan la integración— son posturas que están de moda. Hacerlo nos ubica en la buena onda social, aunque se haga con pobres argumentos no cotejados. Sin atender al que piensa justo lo contrario.
Después los hay quienes confunden libertad de expresión con una carta blanca para insultar, faltar al respeto o difamar gratuitamente —entendido como adverbio de modo— y despreciar sin mesura a quien se ponga por delante. Como periodista —primero— coordinador de un medio de comunicación y ciudadano favorable a la crítica sin censura, defiendo las palabras de Voltaire (filósofo francés): «Abomino tus palabras, pero defenderé con mi vida que tengas derecho a decirlas». Y al mismo tiempo, suscribo otras referencias a la libre opinión: «La libertad de expresión sólo puede existir en el contexto del decoro, la buena educación, el buen gusto y el respeto a la dignidad de las personas», Fernando Sánchez Dragó (escritor) o «Si no creemos en la libertad de expresión de aquellos que despreciamos, no creemos en ella en absoluto», Noam Chomsky (lingüista, filósofo y activista estadounidense).
Es posible tener diferentes modos de entender la vida sin que eso nos lleve al constante enfrentamiento despectivo. Invoquemos a Voltaire: «Abomino tus palabras, pero defenderé con mi vida que tengas derecho a decirlas»
Criticar, denunciar, discrepar, discutir y no llegar nunca a ponerse de acuerdo. Es posible tener diferentes modos de entender la vida sin que eso nos lleve al constante enfrentamiento despectivo. Yo creo que cuando uno debate siempre convence al otro de algo y se deja convencer a su vez de una parte de la otra postura. Eso si se escucha, claro. Porque eso tampoco es habitual. Ni se escucha ni se lee. Hay personas que opinan solo de lo que dice un titular. A lo sumo un par de destacados de la publicación, pero no han dedicado tiempo a leer la noticia o la columna. Puede que hasta este párrafo no haya llegado ni la cuarta parte de los que empezaron a leer este post. Por eso no creo que deba extenderme más. Dejaré para otro día el resto de ideas que rondan mi cabeza y me quedo con lo esencial. Reflexión sí, pero guardando las formas. Entrando al cuadrilátero con la predisposición de convencer, y de ser convencido, pero sin derrotar.
